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2022-11-30T11:57:22+01:00

Antirracismo y agenda por la vida: el regreso de Lula al poder

Publicado por Carolina Rodríguez Mayo

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2022-11-26T11:56:32+01:00

Salada

Publicado por Carolina Rodríguez Mayo
Salada

Adquiere la revista física en el link de abajo. 

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2022-10-12T14:14:37+02:00

12 de octubre: ni celebración, ni homenaje, ni la trampa de lo multicultural

Publicado por Carolina Rodríguez Mayo

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2022-10-12T14:02:45+02:00

12 de Octubre, ¡un día que nunca debió celebrarse!

Publicado por Carolina Rodríguez Mayo

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2022-10-06T10:24:33+02:00

Gula/Gluttony

Publicado por Carolina Rodríguez Mayo
Gula/Gluttony

Publicada originalmente en Southwest Review.

 El sonido que hacía su garganta justo cuando la comida bajaba de su boca me enloquecía. Quería acercar mis dedos a su lengua, tomarla con el pulgar y el índice, mojarme con su saliva toda la palma, usar su babita mezclada con comida de lubricante, meterme los dedos a las cuencas de los ojos y arrancarlos para dárselos a ella. “Toma, mi vida, mira lo que veo. ¿Puedes acaso describir el color de tu sabor?” Entonces, me acercaba a darle de su propio plato con mis cubiertos, le daba la comida en la boca como si fuera una bebé y acercaba mi oreja a su pecho donde todavía podía escuchar la comida transitando hacía el estómago. Ella me abría los ojos de par en par y se chupaba los labios. Yo tumbaba la comida de la mesa, la subía a ella y me la tragaba. A veces sus muslos quedaban convertidos en pequeños campos de guerra: hematomas y cicatrices que yo abastecía con mis dientes perladitos. Sus gemidos y sus “pará, por favor” se entremezclaban con frecuencia en mi cabeza.  Su agonía era un deleite culposo. “Si me muerdes con los molares te mato” gritaba, así que yo afilaba mis colmillos. 
Aún no le he contado cómo fue mi primera vez con una mujer. Una tarde como cualquiera subimos a mi habitación unos sanduches de queso y unas malteadas de fresa. Al verla morder su parte, mi clítoris quería explotar. Me subí sobre ella y rodeé su cuello con mis manos, “traga”, le dije, “traga despacio” y ella obedeció blanqueando los ojos. Entonces comencé a besarla y ella se apartó por un momento. “No sé si me gustan las mujeres” trató de balbucear mientras buscaba el lóbulo de mi oreja con los labios, mientras yo le metía la mano adentro del pantalón, mientras mi otra mano buscaba el otro pedazo de sánduche para dárselo por partes. 
Tampoco le he contado de las grabaciones. No quiero que malinterprete mi admiración. Resulta que unos meses atrás un compañero en la oficina me comentó sobre un problema al que se estaba enfrentando. Su esposa y él tienen un hijo un poco mayor de cuatro años, por lo que ambos consideraron necesario contratar a una persona para que lo cuidara un par de horas en cuanto ellos regresaban del trabajo. Sin embargo, el niño había cambiado mucho desde que la nueva niñera lo cuidaba, decía mi compañero que no quería comer y que cada noche mojaba la cama, algo que había dejado de hacer meses atrás. “Compré una cámara espía para ver qué ocurría” y descubrió que la niñera tenía comportamientos muy erráticos, algunos días alimentaba al niño sin parar, otros días solo le daba líquidos: leche, jugos, agua, gaseosas, sorbetes, papillas. La tipa que lo cuidaba estaba obsesionada con el new age de la alimentación para bebés y probaba cada nueva técnica con su hijo. “En las grabaciones se ve como, incluso, le reza a las frutas frente a un velón rojo.” Yo no pregunté cómo terminó la historia, no me interesaba mucho saber sobre las peripecias de la paternidad, pero imaginarme una cámara escondida en el comedor que compartía con Antonia me cortaba la respiración. Verla hincar el tenedor, verla sorber bebidas calientes, verla tocar la cuchara con su lengua y soplar la comida para enfriarla; verla sin que sepa que la estoy grabando me llenaba de una gran emoción. “Eduardo, ¿dónde dijiste que podía conseguir esa cámara?” 
Los domingos, cuando Antonia salía a caminar con sus amigas y a visitar a su familia, yo me sentaba a ver las grabaciones de la semana. Prendía el monitor, me quitaba la ropa, hervía café y lo hacía bien oscuro. Era casi un rito eso de reproducir los desayunos y almuerzos de mi querida novia. Me gustaba verterme algo del café bien hirviendo sobre la rodilla, ver como la piel se enrojecía, cómo se ampollaba. Me arrancaba con las uñas ese pedacito rojo, esa ampolleta con apariencia de burbuja y en el fondo la escuchaba masticar, miraba mi rodilla cada vez más roja, veía la garganta de Antonia ocupada con algún cereal o los huevos con jamón que tanto le gustaban. Ahí estaba ella revolviendo con la cuchara alguna cosa, sentada con el celular al frente, comiendo, tragando, engullendo. Casi podía ver sus tripas revoloteando con la caída de cada bocado, me excitaba pensar en sus intestinos envueltos entre mis pantorrillas, su colón colgando de mis hombros como una pañoleta satinada. Entonces, abría las piernas y me metía algún dedo sin dejar de verla comer, sin dejar de molestarme la piel irritada de la rodilla. 
Mi actividad dominical dejó de ser suficiente. Quería ver a Antonia comer con más frecuencia de la manera detallada que conseguía hacerlo gracias al pequeño rito que había cultivado; así que instalé una aplicación que me permitiera monitorear la cámara desde cualquier lugar: el baño de la oficina, el carro, restaurantes. No pasó mucho tiempo hasta que alguien notara mi afición y le comentara a mi novia de mi comportamiento distraído e irresponsable. “¿Estás apostando en línea? Puedes ser sincera conmigo, yo tuve un amigo ludópata, sé que él te puede ayudar a salir de eso.” Sus palabras salían ligeras, se posaban en las ventanas, sus labios le daban un ritmo acompasado a cada propuesta. “Yo puedo ayudarte, podemos pensar en formas de limitar tu acceso a la red. Estoy aquí para ti.” Ahí van las minúsculas gotículas que salen de su boca, ¿de dónde vendrán?, puedo escuchar su estómago rugir por el hambre, llegó directamente a hablar conmigo sobre mi problema con el juego y no ha podido comer nada. “Come, amor”, le pido. Me mira: “¿estás escuchando algo de lo que te estoy diciendo, Gabriela? Estoy muerta de preocupación por ti.” Su voz tenía un sabor amargo. “Cuando no comes te pones así, el miércoles pasado tenías un humor de mierda porque llevabas tres horas sin comer.” La rodilla me quemaba bajo el pantalón, igual que la vulva. “Déjame cocinarte algo” grité. Antonia se sentó, me miró sin parpadear, tragó saliva, masculló algo que no quise entender. Frente a la estufa dejé un par de vegetales, un pedazo de panceta cruda, espagueti y queso mozzarella. La escuchaba sollozar, picaba la cebolla y el ajo. La escuchaba reclamar, el agua ya estaba lista para el espagueti. “Nunca te abres conmigo, no me cuentas tus problemas.” 
Es que si pensamos bien la función que tiene la garganta, además de su bella función transportadora, sirve como caja de resonancia de las cuerdas vocales o al menos eso creo. Sirve como la cámara de la voz; una función que considero inútil. ¿Tanto hablar sirve de algo? Yo prefería ver a Antonia usar la garganta como hogar para mis dedos. “Deja de parlotear tanto”. Cerré los ojos, podía identificar los olores particulares de cada ingrediente que había puesto en la salsa: paprika, sal, tomate, albahaca. “No voy a permitir que me hables así, Gabriela. Me voy a donde mi mamá.” La pasta me gustaba bien al dente, pero mi novia prefería que estuviera sobrecocida, le gustaba bien bien blanda. “Primero comes, luego te vas”. 
La garganta de Antonia no tenía el sabor que yo imaginaba. Tampoco imaginaba que podría seguir respirando después de la incisión que le hice. La ranura vertical que iba desde la boca de su estómago hasta la punta de la nariz no dejaba de sangrar. Agradecí que su confianza fuera más fuerte que su ego, no quería lastimarla más de lo necesario. Cuando se comió lo que le preparé solo fueron necesarios un par de minutos para que quedara inmovil. Los sedantes eran potentes. El bisturí quirúrgico que conseguí permitía un corte rápido, suave, como si estuviera picando papaya. Amarré sus manos con un par de esposas que compramos juntas en algún sex shop y sus piernas con un par de cinturones. Parecía una estrella de mar roja. Hurgué lo que más pude su esofago, por momentos me distraía y le arrancaba pedazos para probarla, para probar los músculos que ella usaba para comer. 
 
Era mi hora: engullir, separar, revolver. La receta perfecta.  

 

Gula/Gluttony

Originally Published by The Southwest Review.

The sound her throat made when she swallowed drove me mad. I wanted to grab her tongue between my thumb and index finger and feel her saliva soaking my hand. I craved her spit, wanted to use it as lube, to gouge my eyes out and feed them to her. “Here, my beloved. See what I see. Could you describe the color of your taste?” Then I’d get close to feed her, as if she were a baby; she’d lay her head on my chest while I listened to the bites she took as the food made its way to her stomach. She had this habit of looking me dead in the eyes and biting her lips as soon as she finished; that little gesture was enough to make me wipe all the plates off the table, lay her on it, and devour her. Sometimes her thighs ended up like little battlefields, laden with bruises and scars caused by my own pearly whites. Her moans, her pleas for me to stop, frequently whirled in my head. Her agony was a guilty pleasure. “If you bite me with your molars, I’ll kill you,” she said. I just listened intently as I sharpened my canines.
 
She still doesn’t know what my first time with a woman was like. It was a random afternoon. We went up to my room with grilled cheese sandwiches and strawberry shakes. When she took her first bite, I felt like my clit was about to burst. I got on top, put my hands around her neck, and commanded her: “Swallow! Swallow! Do it slowly.” She obeyed, her eyes rolling to the back of her head as my grip tightened. I began kissing her, and then she pulled away; “I don’t know if I like girls,” she mumbled as she nibbled on my right earlobe. I put one hand down her pants while my free hand scrambled for what was left of the sandwich so I could keep feeding it to her.
 
She doesn’t know about the tapes either. I don’t want her to misunderstand my admiration. A couple of months ago, somebody in the office told me about a problem he and his wife were having with their four-year-old. They hired a babysitter to look after him while they were at work, but they noticed their boy was changing: he refused to eat and wet his bed every time he went to sleep. “I bought a nanny cam to see what’s happening,” he told me. Turns out the nanny had some truly erratic behaviors. Some days she wouldn’t stop feeding the kid, other days she’d just give him liquids: milk, orange juice, sodas, smoothies, milkshakes. The girl was obsessed with new age trends about pediatric nutrition and would try every new diet plan she found on their child; “when we checked the tapes, you could even see her lighting a red candle and praying over the fruits.” I didn’t press for too many details, as I really didn’t care much about how the whole matter concluded, nor was I interested in the challenges of parenthood, but the thought of a hidden camera in the living room we shared with Antonia almost left me breathless. To see her plunge a fork in a steak, sip a cup of hot tea, put a spoon to her mouth and blow over it to cool it; to record her without her knowing about it excited me tremendously. “Eduardo, where could I get this camera?”
 
On Sundays, when Antonia went to visit her family and hitchhiked with her friends, I sat down and watched the tapes of the week. I would turn on the monitor, undress, make myself a pot of pitch-black coffee, and then the screening would begin. I liked to pour boiling coffee on my legs as the recordings played; I enjoyed seeing my skin redden, slowly bubbling and spluttering. I pinched and pulled on those little boils as I heard the sound of her chewing in the background. As my knees became a crimson mess, I saw Antonia’s throat busy with cereal or the eggs and ham she enjoyed so much. There she was, playing around with whatever she had on her plate, phone in hand, eating, gorging, chomping. I could almost see her intestines fluttering with each bite; the thought of her entrails wrapped around my legs, of her colon hanging from my shoulders like a satin scarf, turned me on. I’d open my legs and touch myself without taking my eyes off the screen, peeling charred skin off my knees.
 
My Sunday matinees stopped being enough after a while. I wanted to see Antonia eat more frequently than I was. The intimate knowledge I’d cultivated around her habits thanks to this little ritual I concocted had awoken a ravenous craving in me. I installed an app that would let me monitor the camera from anywhere, be it the office bathroom, my car, or a random restaurant. It wasn’t long until somebody figured out that I was fixated on something and told Antonia about my irresponsible and mindless behavior. “Are you gambling online or something?” she asked. “You can be honest with me.” Her words were weightless, perching themselves on windows, and her lips gave each of her ideas a rhythmic quality. “I can help you. We can think of ways of limiting your access to these sites. I’m here for you.” Little droplets of something left her mouth when she spoke, where do they come from? I could hear her stomach growling. She got home straight from work to talk about my gambling problem and hadn’t eaten anything because of it. “Dear, please eat something first.” “Are you even listening to what I am saying, Gabriela? I’m worried about you.” Her voice had a bitter taste to it. “You always get pissy when you haven’t eaten. Last Wednesday you came here in a shitty mood, all because you hadn’t had a single bite for over three hours.” My knees were burning, as was my vulva. “Can you please let me cook something for you?!” I yelled. Antonia sat down, looked at me without blinking, cleared her throat, and mumbled something under her breath that I chose not to hear. I laid out some vegetables, a couple slices of uncooked pancetta, pasta, and a quarter block of mozzarella. As I diced onion and garlic, I could hear her weep. As the water for the pasta boiled, I heard her complain: “You never let me in, you don’t share your problems with me.”
 
If we really think about it, the throat, besides its lovely function of transporting food, is also what allows us to speak because of the vocal cords, or at least that’s what I understand. It’s a chamber for something as useless as a voice. What’s the point of talking? Does it ever accomplish anything? I’d much rather see Antonia use her throat as a house for my fingers. “Stop babbling so much.” I closed my eyes and felt the smells of all the spices and ingredients that I’d put in the sauce: basil, paprika, tomato, and salt. “You’re out of your fucking mind if you think you can talk to me like that, Gabriela! I’m staying at my mom’s house tonight.” I liked my spaghetti al dente, but she always preferred it to be slightly overcooked. “Eat first, then you can leave.”
 
Antonia’s throat didn’t taste as I’d imagined. Then again, I didn’t think she could keep breathing through it after I sliced it open. It was a vertical cut that ran from the mouth of her stomach all the way to the tip of her nose, and it wouldn’t stop bleeding. I was grateful that her trust was stronger than her ego; I didn’t want to hurt her more than I needed to. The sedatives took only a couple of minutes to kick in after she finished her dinner. The scalpel I got let me cut through her softly, as if I were cutting slices of papaya. I tied her hands with some handcuffs we’d bought together and bound her legs with belts. I dug through her esophagus as much as I could. She looked like a red starfish. I’d get distracted from time to time and nibble on some of the muscles she used for eating.
It was my time: gorge, separate, mix. The perfect recipe.

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